Vivimos en una época donde la noción de lo sagrado ha sido desplazada por el relativismo, el utilitarismo y el culto al yo. Cuando una sociedad deja de reconocer que existe un orden moral superior, la vida humana deja de tener valor intrínseco y se convierte en objeto de conveniencia, cálculo y descarte. La crisis de nuestro tiempo no es solo política o económica: es profundamente espiritual.
La fe cristiana no es un asunto privado ni una opinión más dentro del mercado de ideas. Es una visión de mundo que sostiene la civilización. Allí donde Cristo es reconocido como Señor, florecen la justicia, la responsabilidad y la esperanza. Pero cuando se silencia la voz de Dios, las naciones pierden su brújula moral y avanzan hacia su propia descomposición.
Defender la vida no es un gesto político: es un deber espiritual. Proclamar la verdad no es fanatismo: es obediencia. Y promover la justicia no es ideología: es fidelidad al Dios que creó al ser humano a su imagen y semejanza.
Una nación que olvida lo sagrado termina olvidando lo humano. Y cuando lo humano se vuelve prescindible, ninguna ley, ningún sistema y ningún progreso pueden salvar a esa sociedad de su propia ruina moral.
