La IGLESIA NO ES DIOS!
La religión: apuntes de una semana de reflexión bíblica, social y cristiana
Durante la semana del 31 de agosto al 6 de septiembre me propuse un ejercicio que muchos evangélicos evitan: pensar detenidamente qué es la religión. No para defenderla sin más, ni para desecharla por moda, sino para entenderla con el rigor que merece un tema que atraviesa la Biblia, la historia, la filosofía y la vida social. Este editorial recoge y ordena lo que fuimos construyendo día a día, y añade el hilo que le da sentido de conjunto.
Empecemos por una afirmación que suele incomodar: decir «el cristianismo no es religión» no es solo impreciso sociológicamente, es impreciso bíblicamente. Existen numerosas definiciones del término «religión», advierte el teólogo James Leo Garrett h. en su Teología sistemática. Y la etimología misma revela una tensión fecunda: Cicerón la derivó de relegere, «releer» o «tratar con diligencia y escrúpulo» lo sagrado; Lactancio, y después Agustín, prefirieron religare, «atar de nuevo«, el vínculo que nos reata a Dios. Ambas raíces son legítimas, y ambas laten en el griego bíblico thréskeia, la palabra que el Nuevo Testamento usa sin complejos: Pablo describe su vida pasada «conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión» (Hechos. 26:5); Santiago llama vana a una religión y pura a otra en un mismo párrafo (Santiago. 1:26-27).
La Biblia no rechaza la palabra ni el concepto de religión. La califica. Ese fue el eje de toda la semana.
Si la religión no es, en sí misma, un problema, ¿por qué es tan universal?
Aquí entra la segunda pieza: la religiosidad como necesidad humana.
Agustín lo dijo con una frase que sigue resonando dieciséis siglos después: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, Libro I). Calvino lo sistematizó como sensus divinitatis, un sentido de divinidad implantado en toda mente humana, un semen religionis que ni el ateísmo más consecuente logra arrancar del todo (Institución de la Religión Cristiana, Libro I, cap. 3). Y la antropología lo confirma desde otro ángulo: Edward Burnett Tylor, en Primitive Culture (1871), documentó la creencia en seres espirituales como «la forma más primitiva y universal de religión»; un siglo después, Donald E. Brown compiló, en Human Universals (1991), una lista de rasgos sin excepciones conocidas en ninguna cultura jamás estudiada, entre ellos las creencias sobrenaturales, la magia y los rituales. Mircea Eliade lo resumió en el concepto de homo religiosus: el ser humano que, en cualquier latitud, estructura su existencia entre lo sagrado y lo profano. Eclesiastés ya lo había anticipado: Dios «ha puesto eternidad en el corazón» del hombre (Eclesiástes. 3:11).
La tercera pieza corrige un malentendido histórico frecuente: Jesús no fundó una religión nueva.
Nació judío, vivió como judío y murió siendo judío. Observó la Pascua y la Fiesta de los Tabernáculos, enseñó en las sinagogas, citó constantemente el Tanaj y promovió el respeto a la Ley (Juan. 2:13, 23; 7:2, 10; Marcos. 1:21; 12:28-31; Mateo. 23:1-3). Sus reproches a fariseos y escribas no fueron una condena del judaísmo, sino de la hipocresía de quienes enseñaban «como doctrinas, mandamientos de hombres» (Mateo. 15:9). Cuando purificó el templo, no buscaba destruirlo, sino restaurarlo. El evangelio que predicó no fue una religión nueva: fue el cumplimiento de la que Dios ya había establecido con Israel. El cristianismo como religión distinta nace después, del proceso histórico que siguió a la resurrección, cuando los judíos incrédulos rechazaron a quienes proclamaban al Mesías resucitado (Hechos. 13:45-47).
La cuarta pieza es, quizás, la más urgente para nuestro contexto evangélico:
la iglesia no es Dios.
El judaísmo mismo surgió sin templo fijo; cuando David quiso construirle «casa» a Dios, la respuesta fue clara: «¿Acaso yo he morado en casa… sino que anduve en tienda y en tabernáculo?» (2 Samuel. 7:5-7). El templo fue un deseo humano que Dios permitió, no un mandato que impuso. Esteban lo confirmó ante el Sanedrín: «el Altísimo no habita en templos hechos de mano» (Hechos. 7:48-50), e Israel sobrevivió teológicamente a la destrucción de su único templo, no una sino dos veces. Confundir el edificio, la institución o la denominación con Dios mismo es exactamente el error que esta serie ha querido señalar.
Pero la religión, entendida como piedad genuina, también trae beneficios reales, y aquí la Escritura es explícita. En la dedicación del templo de Salomón, Dios respondió a la oración de humillación con una promesa que sigue siendo válida: «si se humillare mi pueblo… y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Cronicas. 7:14), y añadió: «ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar» (2 Cronicas. 7:15). Pablo lo resumiría siglos después, ya sin templo de por medio: «la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera» (1 Timoteo 4:8).
Ahora bien, dentro del propio cristianismo evangélico existe una fragmentación que rara vez llamamos por su nombre: la religión bautista, la pentecostal, la profética, la reformada, cada una con sus dogmas, liturgias y matices propios. Pablo ya enfrentaba lo mismo en Corinto: «cada uno de vosotros dice: yo soy de Pablo; y yo de Apolos… ¿Acaso está dividido Cristo?» (1 Corintios. 1:12-13), y no dudó en llamarlo carnalidad (1 Corintios. 3:3-4). Frente a esto, el llamado bíblico apunta a «un cuerpo, y un Espíritu… un Señor, una fe, un bautismo» (Ef. 4:4-6), y Jesús mismo oró para que todos los creyentes «sean uno» (Jn. 17:20-23).
Cierro con Tomás de Aquino, quien en su Suma Teológica (II-II, q. 81) sostiene que la religión no es una virtud teologal, sino la más excelente de las virtudes morales, anexa a la justicia. Y ante la objeción de que la religión no podría ser una sola virtud, porque en Dios hay tres personas y múltiples atributos, responde que a Dios se le da reverencia «según una razón única: en cuanto que es el primer principio de creación y gobierno de las cosas» — las tres personas divinas son un único principio, y por eso se les sirve con una única religión. Hay, en esa unidad, una crítica implícita a nuestra fragmentación denominacional. Y hay también, para quienes vivimos bajo el Artículo 25 de nuestra Constitución, que garantiza «el libre ejercicio de todas las religiones», una advertencia práctica: negar públicamente ser una religión es debilitar el fundamento legal sobre el cual reclamamos esa misma libertad.
El cristianismo, como religión, ha evolucionado desde el judaísmo del primer siglo hasta las mil formas que hoy conocemos. Esa evolución es un hecho histórico innegable. Pero la pregunta que Santiago dejó planteada hace dos mil años sigue siendo la única que realmente importa: «la religión de este es vana… la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre... es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago. 1:26-27). Ser religioso nunca fue el problema. El problema es, y siempre ha sido, confundir el medio con el fin, la institución con Dios mismo.
La iglesia no es Dios.
Adán Ezequiel Mejía Renderos
Teólogo

