En el episodio de hoy del podcast reflexionamos sobre la importancia de clamar por la salvación de nuestros compañeros de estudio y de trabajo, personas con quienes pasamos incluso más tiempo que con nuestra propia familia. A la luz de 1 Timoteo 2:1–8, entendemos que la intercesión no es una actividad secundaria, sino una parte esencial de la misión cristiana.
Hoy somos llamados a mencionar sus nombres delante de Dios, a pedir que Él quite la ceguera espiritual, sane heridas, derribe fortalezas y prepare sus corazones para recibir el evangelio. Cuando primero oramos y ayunamos, compartir a Cristo después se vuelve más natural, porque el Espíritu Santo ya ha estado obrando.
Le invito a escuchar el episodio de hoy y a unirte a este clamor:
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El ser humano sin Cristo está perdido; su destino es vivir eternamente sin Dios y sin esperanza. Todos nacemos en pecado y estamos separados de la presencia de Dios, pero el evangelio abre una puerta gloriosa: la oportunidad de aceptar o rechazar el mensaje de salvación. Cuando alguien cree en Cristo y se rinde ante su gracia, ocurre el mayor milagro posible: un pecador es perdonado, transformado y hecho heredero de la vida eterna.
Jesús enseñó esta verdad a través de la mujer que encontró la moneda perdida, y también lo reafirmó con estas palabras:
“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.«
El mayor deseo del corazón de Dios es que lo perdido sea hallado, y la iglesia participa en ese propósito cuando clama por la salvación de quienes aún no conocen al Señor. En 1 Timoteo 2:1–8, la Escritura nos exhorta a orar “por todos los hombres” , pues esto es bueno y agradable delante de Dios, quien quiere que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad.
Interceder por la salvación de otros no es una actividad secundaria de la iglesia; es parte esencial de la misión que Jesús nos encomendó. Por eso hoy dirigimos nuestra oración por aquellas personas con quienes compartimos una parte tan importante de nuestra vida: nuestros compañeros de estudio y de trabajo. Con ellos compartimos horas, responsabilidades, proyectos, desafíos y metas. En ocasiones pasamos más tiempo con ellos que con nuestra propia familia. A veces los vemos reír, celebrar, frustrarse, avanzar, retroceder o sufrir, pero desconocemos la realidad más profunda de sus almas. Muchos de ellos están sin Cristo y, a menos que conozcan al Salvador, pasarán la eternidad separados de Él.
¿Podemos contemplar su destino eterno sin que nuestro espíritu se conmueva?
¿Podemos permanecer en silencio ante la necesidad espiritual más urgente de sus vidas?
Hoy le invito a levantar un clamor de intercesión por ellos. Menciona sus nombres delante de Dios, pídele que quite la ceguera espiritual, que derribe fortalezas, que sane heridas que los han alejado de la fe, y que prepa circunstancias para que sus corazones estén abiertos al evangelio. Cuando oramos y ayunamos primero, compartir a Cristo después se vuelve más fácil, porque el Espíritu Santo ya ha estado obrando.
Creemos que este tiempo de clamor abrirá puertas, oportunidades y corazones. Con fe creamos que mucho compañeros de estudio y de trabajo serán alcanzados por la gracia de Dios y entregarán su vida a Cristo.
Guías descargable: 21 días de Oración y Ayuno
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