Hoy te invito a unirte a un tiempo de reflexión y oración por aquellos que más amamos:
nuestros padres, hijos, hermanos y seres queridos que hoy caminan lejos del Señor.
En este episodio hablamos del poder de la intercesión perseverante, ese clamor que no se rinde, que cree, que espera y que confía en que ningún familiar está fuera del alcance de la gracia de Dios.
Si hoy cargas en tu corazón el nombre de alguien que amas y que necesita volver a Dios, este mensaje es para ti.
Escúchalo, ora con nosotros y permite que el Espíritu Santo fortalezca tu fe.
Dios sigue obrando.
Tu clamor no es en vano.
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El llamado de Dios es claro:
“Ante todo, que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos” (1 Timoteo 2:1).
Entre ese “todos” se encuentran nuestros padres, hijos, hermanos y seres queridos que hoy caminan lejos del Señor. No son solo nombres en una lista: son personas que amamos, por quienes Cristo murió y cuya condición espiritual pesa profundamente en nuestro corazón. El apóstol Pablo expresó ese mismo clamor cuando dijo:
“El deseo de mi corazón y mi oración a Dios… es que sean salvos” (Romanos 10:1).
Ese debe ser también nuestro anhelo en estos días: que ninguno de nuestros familiares permanezca lejos de Dios.
La intercesión no es un acto simbólico; es una fuerza espiritual que transforma realidades. La Biblia nos muestra a Job intercediendo diariamente por sus hijos, presentando sacrificios delante de Dios por cada uno de ellos, temiendo que su corazón se apartara del Señor (Job 1:5). Vemos también a Abraham clamando por su sobrino Lot, y ese clamor abrió camino para que Dios lo rescatara de Sodoma (Génesis 18–19).
Así actúa Dios ante la intercesión: abre puertas, activa Su misericordia y crea oportunidades de salvación.
Clamar no es solo pedir; es insistir con fe.
“Clama a mí y te responderé” (Jeremías 33:3).
Cuando clamamos, el Espíritu Santo obra en lo invisible: convence de pecado, despierta las conciencias y atrae los corazones hacia Cristo (Juan 16:8). Aunque no veamos cambios inmediatos, Dios es real, está germinando, y está obrando. Por eso clamamos con fe, sin dudar (Santiago 1:6).
Clamamos afirmándonos en el versículo: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hechos 16:31). Es por ello que debemos clamar con perseverancia, sin rendirnos, aun cuando la respuesta parezca tardar. Porque ninguna oración hecha con fe se pierde, y ningún familiar está fuera del alcance de la gracia de Dios.
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