Vivimos tiempos en los que la sociedad promueve el aislamiento, la indiferencia y la desconexión humana. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo nos llama exactamente a lo contrario: a acercarnos, a amar y a servir a las personas que Dios ha puesto más cerca de nosotros. Nuestros vecinos no están allí por accidente. Dios, en Su soberanía, nos ha ubicado en una comunidad con un propósito eterno.
En el episodio de hoy de nuestro podcast reflexionamos sobre el llamado bíblico a clamar por nuestros vecinos y nuestra comunidad inmediata. Hablamos del poder de la oración intercesora, del amor ágape que transforma corazones y de cómo un avivamiento genuino no solo renueva al creyente, sino que impacta barrios enteros.
i anhelas ver un cambio real en tu entorno —en tu colonia, en tu barrio, en tu comunidad— este mensaje es para ti. Te invito a escuchar este episodio, permitir que el Espíritu Santo renueve tu corazón y responder al llamado de Dios a ser Su voz, Sus manos y Sus pies donde Él te ha colocado.
Escucha el episodio completo aquí:
NO OLVIDE SEGUIRME EN PODCAST, ACTIVE LA CAMPANITA
Guías descargables: 21 dias de Oración y Ayuno
Clamar por vecinos y comunidad inmediata
Así como no escogemos a nuestra familia, tampoco escogemos a nuestros vecinos. Sin embargo, el evangelio no nos llama a alejarnos de ellos, sino a acercarnos con amor. Vivimos en una cultura que promueve el aislamiento y la cancelación: si alguien incomoda, se le evita; si alguien estorba, se le elimina del camino. Pero el diseño de Dios es distinto. La proximidad es poderosa, porque Dios es intencional en el lugar donde nos ha puesto. No fuimos llamados a vivir como ermitaños, sino como heraldos del Reino. Aunque la privacidad es un derecho legítimo, el amor cristiano no se limita a “dejar en paz” a las personas, mantenerse al margen o respetar únicamente el espacio personal. Si nos negamos a amar a quienes están más cerca de nosotros —literalmente — , ¿a quién, entonces, amaremos? Amar a los vecinos, especialmente a los difíciles, implica riesgo, sacrificio y perseverancia. Pero cuando lo hacemos, Dios va con nosotros. Como iglesia, sabemos que la oración es la clave para ver un cambio real en nuestra comunidad. Debemos clamar para que Dios toque los corazones de nuestros vecinos, amigos y personas cercanas, preparando el terreno para que reciban Su Palabra. Jesús nos recuerda:
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”
(Mateo 5:16)
Clamar por la salvación de nuestros vecinos implica orar por su bienestar espiritual, pedir a Dios que nuestra vida refleje Su amor, interceder por sus necesidades y rogar que Él abra puertas para compartir el mensaje de salvación. Implica también presentar delante de Dios sus luchas y dificultades específicas, para que conozcan a Cristo y hallen verdadera libertad. Las personas quebrantadas y heridas están por todas partes, y nuestros vecinos no son la excepción. Dios desea que seamos Sus manos, Sus pies y Su voz, llevando la esperanza de Jesús allí donde vivimos. Lo que distingue a la comunidad cristiana como discípulos de Cristo es la práctica del amor ágape. Los creyentes pueden amar de manera sacrificada no por fuerza humana, ni por simple voluntad natural, sino porque Dios los amó primero y ahora ese mismo amor habita en ellos en Cristo:
“Amémonos unos a otros… porque Dios es amor”
(1 Juan 4:7–11).
Cuando el pueblo de Dios experimenta un avivamiento genuino, los corazones se renuevan y se llenan de una manera fresca del amor ágape de Dios por los demás. Y ese amor, vivido en lo cotidiano, transforma comunidades enteras.
SIGAME EN FACEBOOK


