La Iglesia está llamada a ser defensora del derecho a la vida en todo momento.
Sin embargo, por falta de una orientación bíblica, pastoral y práctica sobre la sexualidad y la abstinencia, en muchas congregaciones se predica que tener relaciones sexuales antes del matrimonio es pecado —lo cual es correcto—, pero son muy pocas las iglesias que realmente acompañan a los jóvenes frente al libertinaje sexual y sus consecuencias.
En no pocos casos, jóvenes varones embarazan a señoritas, y estas son vistas y tratadas únicamente como pecadoras. Bajo el peso del señalamiento, la vergüenza y el desprecio eclesiástico, el aborto aparece como una “salida” ante la presión social y religiosa. Esto no puede seguir ocurriendo.
La Iglesia debe hacer todo cuanto sea posible para ayudar a las jóvenes embarazadas, para que no sean obligadas por circunstancias adversas a recurrir al aborto.
El respeto a la vida debe darse en todas las circunstancias y en todas las etapas de la existencia humana, comenzando desde el momento mismo de la concepción.
Es cierto: el adulterio y la fornicación son pecado.
Pero la Iglesia también debe tener claramente definida una ruta de disciplina, restauración y acompañamiento, porque el amor por la vida y por las personas es parte esencial del evangelio.
Por muy decepcionante y abrumador que sea descubrir que una hija adolescente está embarazada, es fundamental mantener una perspectiva bíblica.
El pecado ya ocurrió. No puede deshacerse.
Ahora la situación no gira alrededor de la moralidad del acto ni de la reputación de una familia; se trata del desarrollo de un niño y del cuidado de una vida humana.
Cuando una familia abandona —aunque sea emocionalmente— a su hija embarazada, ella queda mucho más expuesta a tomar decisiones perjudiciales.
¿Casarse con el padre del bebé es siempre la única opción?
He visto muchos casos en los que, con el paso de los años, esa decisión termina en divorcio, porque la relación inicial no nació del amor responsable sino de la pasión, la lujuria y el desenfreno.
Por eso, esta decisión debe evaluarse con sabiduría, oración y acompañamiento.
Los padres sabios ayudarán a su hija a considerar las opciones: criar al niño o darlo en adopción. También es importante involucrar al padre y a su familia, porque él debe asumir tanta responsabilidad como la madre.
Después de mucha oración, los padres deben ser transparentes respecto al nivel de apoyo que pueden brindar en la crianza del niño.
Además, es anecesario que tengamos centros cristianos de atención en crisis de embarazo.
El papel de la Iglesia debe ser siempre acompañar y restaurar.
No es coherente —ni bíblico— que en una iglesia una adolescente quede embarazada del hijo de un líder, sea puesta en disciplina pública, marginada y finalmente expulsada de la congregación, mientras que, días después, otra joven con una situación similar llega por primera vez a la iglesia y es recibida como pecadora perdonada. Esa doble moral es hipocresía. Eso no debe ser así.
Por eso pregunto:
¿Está la Iglesia cristiana realmente preparada para dar una respuesta de amor, verdad y acompañamiento frente a esta problemática?
Hago un llamado a organizar foros y espacios de diálogo donde participen psicólogos cristianos, consejeros, educadores y pastores, para establecer protocolos de atención, acompañamiento y enseñanza sobre la sexualidad, las relaciones, el embarazo y la formación afectiva.
Debemos enseñar a preadolescentes y adolescentes a conservar su sexualidad como un tesoro santo, un regalo de Dios para el matrimonio, para la concepción de los hijos y para el gozo íntimo de la pareja conyugal.
Las adolescentes embarazadas están en todas partes —y la Iglesia no es la excepción—. “La vergüenza y la culpa impulsan a muchas jóvenes en crisis de embarazo a dejar de congregarse”.
Por eso, es urgente que la Iglesia establezca ministerios y departamentos especializados para ellas.
El sexo fuera del matrimonio es pecado.
Pero confrontar el pecado, restaurar al pecador y proteger la vida que viene en camino es una responsabilidad sagrada de la Iglesia.

