El Ayuno Bíblico: Propósito, Verdad y Responsabilidad Espiritual (3/10)
¿Siendo Dios, por qué ayunó Jesús?
Hay preguntas que, aunque parecen sencillas, nos obligan a pensar más profundamente en la persona de Cristo. Una de ellas es esta.
El ayuno suele asociarse con necesidad, debilidad o búsqueda de ayuda divina. Nosotros ayunamos porque dependemos de Dios. Ayunamos porque reconocemos nuestros límites. Pero Jesús no carecía de poder. No necesitaba “más espiritualidad”. Entonces, ¿qué sentido tenía que pasara cuarenta días sin comer?
El evangelio de Lucas es directo y sobrio: “no comió nada en aquellos días” (Lc. 4:2).
No fue un símbolo. No fue una metáfora. Fue un acontecimiento real.
Esto nos presenta una verdad central del cristianismo que a veces se pasa por alto: Jesús no solo era Dios; también era verdaderamente hombre.
La teología le ha llamado la unidad hipostática.
En Cristo existen dos naturalezas completas, divina y humana, unidas en una sola persona, sin mezcla, sin confusión y sin división. No era mitad Dios y mitad hombre. Tampoco un simple profeta inspirado, fue, como declara Juan, “el Verbo hecho carne”. Esta doctrina es el corazón del evangelio.
Porque si Jesús hubiera sido solo hombre, no podría salvar y si hubiera sido solo Dios, no podría representarnos. Solo siendo Dios pudo redimir y siendo hombre pudo sustituirnos.
En su humanidad tuvo hambre, se cansó, lloró, durmió, se canso, etc. en su divinidad también perdonó pecados, recibió adoración, resucito y ascendió a los cielos.
Sin embargo, el ayuno de Jesús no puede entenderse como una búsqueda de poder espiritual, como si algo le faltara. La clave está en cómo Él mismo entendía su misión.
Jesús vivía en total dependencia del Padre. Nunca actuó de manera independiente. Repetidamente afirmó que había venido al mundo enviado con un propósito divino:
“Mi comida es que yo haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra” (Jn. 4:34).
“No busco la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5:30).
“He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:38).
Para Jesús, hacer la voluntad del Padre era su verdadero propósito terrenal.
A la luz de estas palabras, el ayuno en el desierto adquiere otro sentido. No fue un intento de recibir poder, sino un tiempo de profunda comunión y alineación con el Padre. Más que abstinencia, fue intimidad. Más que debilidad, fue dependencia consciente.
Los evangelios no describen cómo transcurrieron aquellos cuarenta días. Guardan silencio. Pero ese silencio no sugiere vacío espiritual, sino todo lo contrario. Si en la transfiguración la gloria divina resplandeció visiblemente mientras oraba, ¿qué clase de comunión no habría en aquellos días de soledad en el desierto?
Me imagino que en el desierto no fue abandono, fue escenario sagrado; no fue solo un aislamiento, fue encuentro, en secreto; el Hijo se deleitándose en la voluntad del Padre antes de presentarse públicamente al mundo.
Además, ese ayuno marca el inicio de su ministerio público. Así como Moisés ayunó antes de recibir la ley, y así como Israel fue probado durante cuarenta años en el desierto, Jesús también enfrentó la prueba. Pero a diferencia de Israel, Él no cayó. Donde el pueblo murmuró, Cristo obedeció. Donde el hombre fracasa, el Hijo venció.
Más tarde, cuando enseñó a sus discípulos, habló del ayuno como algo normal en la vida espiritual: “Cuando ayunéis…” (Mt. 6:16).
No como espectáculo religioso ni como práctica hipócrita, sino como una expresión sincera de humildad delante de Dios. El ayuno no manipula a Dios; nos transforma a nosotros. No busca aparentar santidad; busca dependencia.
Al final, la pregunta inicial se responde sola.
Jesús ayunó porque, siendo Dios, decidió vivir plenamente como hombre.
Ayunó porque abrazó nuestra condición.
Ayunó porque obedeció al Padre.
Ayunó porque se consagró a su misión.
Y ayunó también para dejarnos ejemplo.
Si el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, se apartó para depender del Padre, ¿cuánto más nosotros?
El ayuno de Cristo no revela carencia, revela comunión.
No muestra debilidad, muestra obediencia.
Y, sobre todo, nos recuerda que el Dios que nos salva no permaneció distante:
se hizo hombre, caminó nuestro desierto y venció por nosotros.
Es tiempo de ayunar con el propósito de tener comunión con el Padre celestial.
Adán Ezequiel Mejía Renderos / Teólogo

