Llegamos a la muerte por una enfermedad incurable, un accidente, o el deterioro propio de la vejez. Y frente a ese último escenario, muchos concluyen que no vale la pena soportarlo.
La muerte en la guerra: una aclaración necesaria
Antes de entrar en el tema, conviene despejar una confusión común. El quinto mandamiento —»No matarás» (Éx 20:13)— no es una prohibición absoluta de toda causa de muerte, sino una prohibición específica del homicidio: el asesinato deliberado e injusto de un ser humano. El propio Antiguo Testamento distingue entre esta prohibición y la muerte que ocurre en el contexto de una guerra justa, ordenada o permitida por Dios. La ética bíblica no es simplista: reconoce contextos donde la muerte ocurre sin que medie la intención homicida que el mandamiento condena. Esta distinción importa, porque lo que está en juego en la eutanasia no es la muerte como evento, sino quién tiene la autoridad moral para provocarla deliberadamente.
El camino hacia la muerte
En la mayoría de los casos, llegamos a la muerte por causa de una enfermedad incurable, un padecimiento severo, un accidente, o el deterioro total del organismo que llega con la vejez o con ciertas enfermedades. Frente a este último escenario en particular, un gran número de personas entiende que no vale la pena soportarlo.
Es en ese punto exacto donde aparece la verdadera raíz del problema: no es solo el sufrimiento, es la tentación del control. El egocentrismo y la prepotencia del ser humano lo llevan a creer que puede decidir el tiempo que vivirá y cuál debe ser el mejor final para su existencia. Y así, se resuelve que en la vida no vale la pena sufrir — como si el sufrimiento fuera el criterio final para determinar el valor de una vida, y como si esa determinación nos correspondiera a nosotros.
¿Qué expresa la Biblia sobre esto?
Las Escrituras son categóricas: la autoridad sobre la vida y la muerte pertenece a Dios, no al hombre. «Yo hago morir, y yo hago vivir» (Dt 32:39). «Jehová da la vida y Jehová la quita; bendito sea el nombre de Jehová» (Job 1:21). «En tu mano están mis tiempos» (Sal 31:15). Ningún pasaje bíblico traslada esa autoridad al individuo, ni siquiera en medio del sufrimiento más profundo. La eutanasia —la acción u omisión que, por sí misma o por la intención con que se realiza, causa la muerte de una persona enferma, discapacitada o moribunda, muchas veces bajo la apariencia de eliminar su sufrimiento— es en el fondo un intento de arrebatarle a Dios una decisión que nunca nos perteneció: viola el quinto mandamiento de la ley de Dios.
Una tentación tan antigua como la humanidad
El deseo de controlar el momento y la forma de la propia muerte no es nuevo. El abandono y la provocación de la muerte de enfermos y ancianos ha sido una práctica común en distintas culturas a lo largo de la historia, y uno de los impactos más transformadores del evangelio fue precisamente la defensa de los débiles y la dignificación de quienes no representaban un «beneficio» económico para la sociedad. En el mundo grecorromano de la iglesia primitiva, la eutanasia era ampliamente aceptada, e incluso surgió una fuerte protesta pagana contra los médicos que, siguiendo el juramento hipocrático, se negaban a practicarla o a asistir el suicidio.
Como observa el erudito Richard D. Patterson, resulta llamativo que este interés actual por regresar a ese enfoque antiguo frente al sufrimiento surja precisamente cuando contamos con más recursos médicos que nunca — quizás la señal más clara de que, al alejarse de Dios, la cultura está reinventando su propia idea de lo que significa ser humano¹. El control que hoy se presenta como progreso es, en realidad, la reedición de una tentación tan vieja como el mundo grecorromano: la de creer que podemos administrar la vida y la muerte según nuestros propios términos.
Una convicción, no una condena
Sostener esta convicción no significa exigir sufrimiento innecesario ni negar el valor del acompañamiento médico y pastoral en el proceso de morir. Significa reconocer que la tentación del control —tan humana, tan comprensible ante el dolor— sigue siendo, a fin de cuentas, una tentación. La vida y la muerte no son territorio nuestro para administrar: son un depósito confiado por Dios, que solo Él tiene la autoridad de recoger.
Adán Ezequiel Mejía —
Teólogo
¹ Richard D. Patterson, «Job», en Biblia de Estudio de Apologética, ed. S. Leticia Calçada (Nashville, TN: Biblias Holman, 2011), 692.
Dios tiene la autoridad sobre la vida y la muerte
- Deuteronomio 32:39 — «Yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano.»
- Job 1:21 — «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.»
- Salmo 31:15 — «En tu mano están mis tiempos.»
- 1 Samuel 2:6 — Jehová mata, y él da vida; hace descender al Seol, y hace subir.
- Isaías 45:7 — Yo formo la luz y creo las tinieblas; yo hago la paz y creo la adversidad; yo Jehová soy el que hago todo esto.
- Apocalipsis 1:18 — Cristo tiene las llaves de la muerte y del Hades.
Prohibición de matar / quinto mandamiento
- Éxodo 20:13 — No matarás.
- Génesis 9:6 — Quien derrama sangre humana será juzgado, porque el hombre fue hecho a imagen de Dios.
- Éxodo 23:7 — No matarás al inocente y justo.
El sufrimiento y la gracia suficiente
- 2 Corintios 12:8-9 — «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.»
- Romanos 8:18 — Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera.
- Job 13:15 — «Aunque él me matare, en él esperaré.»
- 2 Corintios 4:16-18 — Aunque el hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día.
- Salmo 34:19 — Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo librará Jehová.
Dignidad humana que no depende de la capacidad o utilidad
- Génesis 1:26-27 — El ser humano creado a imagen de Dios.
- Salmo 139:13-16 — Dios formó y conoce cada vida desde el vientre.
- Salmo 8:5 — El ser humano coronado de gloria y honra.
- Isaías 46:4 — «Hasta la vejez… yo mismo os llevaré… yo hice, y yo llevaré.»
Confianza en los tiempos de Dios (frente al deseo de control)
- Eclesiastés 3:1-2 — Todo tiene su tiempo: tiempo de nacer y tiempo de morir.
- Proverbios 3:5-6 — Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.
- Santiago 4:13-15 — No sabemos qué será mañana; deberíamos decir «si el Señor quiere».
- Salmo 90:12 — Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
Defensa del débil y del enfermo
- Proverbios 31:8-9 — Abre tu boca por el mudo, defiende al pobre y menesteroso.
- Salmo 41:1-3 — Bienaventurado el que piensa en el pobre y el enfermo; Jehová lo fortalecerá en su lecho de dolor.
- Mateo 25:36 — «Estuve enfermo, y me visitasteis.»
- Levítico 19:14 — No pondrás tropiezo delante del ciego (principio de protección al vulnerable).
Complementario: la esperanza más allá de la muerte
- Juan 11:25-26 — «Yo soy la resurrección y la vida.»
- 1 Corintios 15:55 — «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»
- Filipenses 1:21 — «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.»


